Pocas veces somos conscientes de la velocidad con que otros
nos etiquetan y clasifican; basta una mirada o el cruce de un par de palabras,
para determinar si alguien a quien acabamos de conocer podría ser el ejecutivo
que buscamos, si estamos frente a un charlatán o a una persona inteligente,
aunque tímida, si se trata de un individuo con personalidad complicada o
alguien con dificultades para relacionarse.
La imagen que los demás se formen de nosotros, a partir de
una primera impresión, es la que generalmente perdura y la que nos abre o nos
cierra las puertas hacia nuevas oportunidades.
Todos los seres humanos proyectamos una imagen frente a los
demás, que comienza a formarse a partir de nuestros aspectos físicos, se
fortalece con todo aquello que dejamos ver de nosotros y se consolida con lo
que los demás perciben e interpretan de cada una de nuestras actuaciones.
La imagen que a diario construimos, es un reflejo de cómo nos
perciben los demás y puede o no ajustarse a lo que realmente somos y a lo que
hemos querido que los demás crean y piensen de nosotros.
Una vez los demás se han formado esa imagen, difícilmente
contamos con una oportunidad para cambiarla, por lo que la primera impresión
que logremos será por lo general la que perdure y la que será fundamental en la
decisión que se tome, dentro de cualquier proceso de selección.
Cuidar nuestra imagen a lo largo del tiempo, para que siempre
refleje lo que hemos querido mostrar, requiere de una total coherencia en
nuestras actuaciones y comportamientos frente a lo que los demás piensan y
esperan de nosotros.
Cuando se pierde esa coherencia, así sea por un solo y
desafortunado hecho, la imagen se deteriora o puede llegar a arruinarse
totalmente, siendo casi imposible su recuperación.
Mantener hoy en día nuestra imagen demanda cuidados extremos,
pues en una sociedad donde cada individuo tiene en su bolsillo una grabadora de
voz, que a la vez es cámara de fotografía y de video, cualquier actuación fuera
de tono puede ser registrada y subida en segundos a las redes sociales,
arruinando para siempre una imagen y reputación construidas a los largo de los
años.
Vivimos tiempos descomplicados en los que cada cual establece
su propio estilo de vestir, muchas veces alejado de lo que manda el protocolo y
la etiqueta; personajes públicos, del mundo empresarial y especialmente del
artístico, asisten a toda clase de actos y eventos, ataviados de las más
variadas maneras, reforzando o deteriorando la imagen personal que cada cual ha
querido mostrar.
Pero la imagen no es solo cuestión de maneras de actuar,
estilos de vestir y modos de arreglarse; la forma como nos comunicamos
determina también la forma como los demás nos ven; aunque las palabras que
utilizamos son muy importantes en el proceso comunicativo, porque revelan
nuestro conocimiento, grado de educación y respeto hacia los demás, son la
entonación y el lenguaje corporal, los aspectos más determinantes de la imagen
que los demás se formen de nosotros.
La entonación, así como el contacto visual, los gestos, el
manejo de las manos y nuestra posición corporal, revelan la veracidad de
nuestros mensajes, la forma como nos sentimos y nuestro grado de seguridad o
incomodidad frente a determinadas situaciones. Cuando trabajamos en la creación
de una determinada imagen que queremos proyectar lo importante es conseguir que
ella refleje lo que realmente somos. Por ejemplo, si soy una persona insegura,
antes que tratar de parecer seguro debo trabajar para conseguir esa seguridad
que me hace falta, de modo que mis actuaciones reflejen lo que realmente soy y
siento, porque las falsas imágenes se desmoronan con facilidad.
Un ejercicio interesante en la definición de la imagen que se
quiere construir consiste en imaginar cómo nos gustaría ser recordados el día
en que debamos partir de este mundo.
Si uno quisiera, por ejemplo, que cuando se hable de lo que
fuimos quienes nos conocieron digan: "era un hombre trabajador, íntegro,
emprendedor y justo que se había ganado el afecto y respeto de sus familiares,
amigos y colaboradores", todas nuestras actuaciones deben reflejar
precisamente esos calificativos, pues de lo contrario, habremos construido una
imagen distinta a la que queríamos proyectar.

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